Maite Espinosa Pozo

DEPORTISTAS OLÍMPICOS Y PARALÍMPICOS ANDALUCES

Maite Espinosa Pozo
Paralímpica

Maite
Espinosa

Sevilla

Maite Espinosa Pozo

28.07.1975

Barcelona

3
Juegos ParalímpicosDeporteCategoríaPrueba
Resultado
1992 Barcelona (España)AtletismoFemenina800 m B1
Puesto 5
1992 Barcelona (España)AtletismoFemenina1.500 m B1
Medalla de bronce
1992 Barcelona (España)AtletismoFemenina3.000 m B1
Puesto 4
1996 Atlanta (EE.UU.)AtletismoFemenina1.500 m T10-11
Puesto 5
1996 Atlanta (EE.UU.)AtletismoFemenina3.000 m T10-11
No terminó
2000 Sídney (Australia)AtletismoFemenina400 m T11
No terminó
2000 Sídney (Australia)AtletismoFemenina1.500 m T12
No terminó
2000 Sídney (Australia)AtletismoFemenina5.000 m T12
Puesto 7


Biografía de Maite Espinosa Pozo

Poseedora de quince medallas en grandes campeonatos, entre ellas un bronce en los Juegos Paralímpicos, a los que asistió en tres ocasiones, Maite Espinosa fue una de las abanderadas del deporte adaptado andaluz en los años 90 debido a sus éxitos en la pista, pero también por su carisma fuera de ellas, significándose en pro de la mejora de las condiciones que rodeaban a los deportistas con discapacidad en una época con escasas ayudas y menor concienciación.

Nació “accidentalmente” en Barcelona el 28 de julio de 1975 debido a que sus padres, Manuel y Consuelo, se encontraban allí por asuntos laborales del primero. No obstante, su familia es originaria de Brenes y a este pueblo sevillano de la Vega del Guadalquivir regresaron cuando Maite tenía seis años de edad.

Segunda de cuatro hermanos –antes que ella vino al mundo Yolanda y después lo hicieron Manuel y Rubén–, de todos ellos únicamente Maite nació con la enfermedad en la vista que le supuso, siendo muy pequeña, la pérdida completa de la visión. Por tal motivo, hizo la Enseñanza General Básica (EGB) en el Colegio San Luis Gonzaga de Sevilla, perteneciente a la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE), más tarde reconvertido en el CRE Luis Braille, un entorno en el que, además de estudiar, se familiarizó con el deporte, que era una actividad muy potenciada por este centro entre sus alumnos, dentro y fuera del horario lectivo.

En el caso de la brenera, el deporte elegido como actividad extraescolar fue el atletismo a partir de los 10 años, teniendo como principal motivador su profesor de Educación Física, el inefable Florencio Morcillo. Desde el principio le gustó y valía para ello, de ahí que siempre fuese una de las elegidas para representar a su colegio en los encuentros interescolares anuales de la ONCE, pero tanto en esta etapa como en la posterior, cuando empezó a estudiar Bachillerato (BUP) en el Instituto Pepe Ruiz Vela de Villaverde del Río, el atletismo no constituía más que un divertimento y una ayuda para superar los obstáculos del día a día, ya que le proporcionaba mejor orientación y seguridad espacial. Todo cambió en 1991.

Aquel año la ONCE estaba en plena búsqueda de jóvenes talentos –con discapacidad visual– que conformasen el equipo nacional que había de representar a España en los Juegos Paralímpicos de Barcelona, al año siguiente. Se conocían las aptitudes de Maite para las pruebas de medio fondo y fondo y por ello, con apenas 15 años, fue incluida en aquel imberbe conjunto que fue seleccionándose con el paso de los meses y las competiciones hasta quedar la composición final que compitió en el esperado 92. Nuestra sevillana, después de quedar subcampeona de España y de Europa en Caen (Francia) tanto en 800 como en 1.500 metros en 1991 –sus primeras medallas nacionales e internacionales– y batir los récords nacionales de 1.500 y 3.000 el mismo año, fue legítimamente una de las seleccionadas. Como reconocimiento por ello, tres meses antes de correr en el Estadio Olímpico de Montjuich tuvo el privilegio de portar la antorcha olímpica a su paso por Sevilla.

Por tanto, la jovencísima corredora, con 17 años recién cumplidos, inició en Barcelona su carrera paralímpica siendo de la partida en tres pruebas, una acumulación de compromisos de medio fondo y fondo inapropiada para su juventud –“me cogieron de conejillo de indias y competí en todo”– en la que tuvo como guía al primer campeón olímpico del atletismo español, Daniel Plaza, oro en 20 kilómetros marcha también en la Ciudad Condal.

Maite debutó el 4 de septiembre en la final directa de 1.500 metros B1, logrando la medalla de bronce con un tiempo de 5:23.52, por detrás de la checoslovaca Pavla Valnickova (5:08.03) y la lituana Kriauciuniene (5:21.70). Dos días más tarde, en la final de 3.000 metros, Valnickova (11:07.65) volvió a imponer su ley y la andaluza acabó 4.ª con 11:55.94, a 11 segundos y 13 centésimas del podio. Por último, el día 12 cerró su participación en los Juegos disputando la final de 800 metros, en la que acabó 5.ª y última con 2:34.27, lejos del oro de Purificación Santamarta (2:19.07). La víspera había ganado (2:33.49) su semifinal.

En el siguiente ciclo paralímpico, Maite Espinosa alcanzó la madurez, el estado de forma y la experiencia que la consagrarían como una de las mejores corredoras del panorama internacional de su clase. En los tres grandes acontecimientos de este período, nunca bajó del podio y conquistó ocho medallas: plata en 800 y 1.500 en el Campeonato de Europa de Dublín 1993; oro en 1.500 y plata en 800 y 3.000 en el primer Campeonato del Mundo IPC, Berlín 1994; y oro en 3.000 y plata en 800 y 1.500 en el Europeo de Valencia 1995.

La campeona mundial y continental había alcanzado la cúspide de su trayectoria entrenando íntegramente en Sevilla, en los entornos de las pistas de La Cartuja o San Pablo y en el Parque de María Luisa, lugares en los que progresó al lado de los entrenadores y guías Javier García (1993 y 1994) y Benito Murillo, con el que empezó en febrero de 1995 una vez nuestra biografiada entró en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla. El encuentro sucedió por mediación de Antonio Jiménez, encargado de atletismo de la institución universitaria, después de que Maite se hubiese quedado sin técnico tres meses atrás.

Así las cosas, llegaron las Paralimpiadas de Atlanta 1996, en las que la andaluza no pudo dar el nivel de las competiciones precedentes. Abandonó en la final directa de 3.000 –por molestias musculares– y en su especialidad, los 1.500 metros, superó las semifinales (3.ª en la segunda carrera con 5:09.94) y accedió por tiempos a una final (19 de septiembre) que dominó la rusa Rima Batalova (4:51.17), en tanto que ella llegó en 5.ª posición marcando 5:09.31 en la meta.

En Atlanta se dio una circunstancia que luego se repetiría en el Mundial de 1998 y los Juegos de 2000 como fue la concentración de atletas con diferentes clasificaciones funcionales. “Cada vez había menos atletas ciegas para la prueba de 1500 metros y por tal motivo me pusieron a competir con deportistas de otra clase superior. A ciegas totales nos mezclaban con deportistas que tenían resto visual y, por tanto, no se competía en igualdad de condiciones. Ello produjo que en Atlanta, Sídney y Madrid no lograse medallas, a pesar de que competí en mis mejores marcas. Luego se creó un sistema de compensación –una fórmula de puntos para cuando compiten deportistas con grados de discapacidad distintos– que, aunque sea menos agradable para el espectáculo, es más justo para la competición. Quizás con esta fórmula de puntos hubiese sido medallista en Sídney o Atlanta”, confiesa la sevillana, quien con 21 años afrontó su tercer ciclo paralímpico.

El camino hacia los Juegos no hizo sino engrandecer su ya impresionante palmarés con nuevos éxitos intercontinentales y europeos. En 1997, logró la medalla de plata en 800 y 1.500 en el Campeonato de Europa celebrado en Riccione (Italia) y, dos años después, en el mismo certamen, en Lisboa (Portugal), fue bronce en 800 y 4.ª en 1.500. Por medio, en 1998 acudió al primer Campeonato del Mundo de la IBSA, siendo también tercera en 800 y 4.ª en los “milqui”, que prefirió al Mundial IPC de Birmingham.

Paralelamente y como preparación de la temporada de pista, hizo sus pinitos en el campo a través como integrante del equipo de la Universidad de Sevilla, con el que en 1998 logró clasificarse para el Campeonato de España Universitario, en Palencia, siendo la primera invidente en lograrlo. Años más tarde, en 2002, participó en el Nacional absoluto junto a videntes, circunstancia esta –la de compartir competición con atletas sin discapacidad– que también se repitió en campeonatos de Andalucía de pista y cross y en millas y carreras populares.

Llegamos así a la recta final de la singladura deportiva de Maite Espinosa. En Sídney 2000 cerró su particular idilio con los Juegos y en su tercera experiencia paralímpica volvió a obtener un diploma –el cuarto– en la final directa de 5.000 metros T12, donde la rusa Batalova lograba el decimotercer y último oro de su dilatada trayectoria. Nuestra sevillana acabó 7.ª con un tiempo de 20:09.41 y ese 28 de octubre se despedía con buen sabor de boca de las Paralimpiadas. Antes había abandonado en las semifinales de 1.500 y 400 metros.

Aún quedaba un último compromiso y una última medalla que colocar en su vitrina de trofeos, cual fue el bronce en 5.000 metros logrado el 10 de junio de 2001 en el Campeonato de Europa, en Byalistok (Polonia), batiendo el récord de España con 20:06.29. De esta forma, unía este tope nacional a los que ya poseía en 1.500 (5:07.18) y 3.000 (11:17.20), realizados en Sevilla los días 26 abril de 1997 y 2 de junio de 1996, respectivamente. Los tres continúan en lo alto de las tablas nacionales.

“Me retiré en el año 2001 tras el Europeo de Polonia. Entonces no existía el Plan ADOP –aunque era becada de la Fundación Andalucía Olímpica desde 1998– y tenía que centrarme en terminar mis estudios y buscar trabajo”, recuerda la formidable corredera de Brenes, que tiene una calle en este pueblo que la hizo hija predilecta en 1992, si bien desde su época universitaria vive en la capital, donde también se le quiere y respeta. En 1999, fue madrina del Mundial de la IAAF, que tuvo lugar en el Estadio de la Cartuja, otro de los honores que posee, sin olvidar que en 1997 recibió el Premio Andalucía de los Deportes.

En la actualidad, Maite Espinosa, quien en 1997 recibió el Premio Andalucía de los Deportes, continúa viviendo en Sevilla y sigue en el recuerdo de aquellos que vivieron el surgir del deporte adaptado en Andalucía como aquella joven de amplia sonrisa y carácter afable que corría y corría junto a su lazarillo, trayendo éxitos a nuestra tierra.

Biografía cerrada a 31 de marzo de 2018 y extraída del libro 341 Historias de Grandeza, de los autores Pepe Díaz García y Jose Manuel Rodríguez Huertas