Ernestina Maenza Fernández-Calvo

DEPORTISTAS OLÍMPICOS Y PARALÍMPICOS ANDALUCES

Ernestina Maenza Fernández-Calvo
Córdoba

Ernestina Maenza Fernández-Calvo

22.12.1909

Lucena (Córdoba)

1
Juegos OlímpicosDeporteCategoríaPrueba
Resultado
1936 Garmisch-Partenkirchen (Alemania)Esquí alpinoFemeninaCombinada
No terminó


Biografía de Ernestina Maenza Fernández-Calvo

La primera participación de España en los Juegos Olímpicos de Invierno no se produjo hasta la cuarta edición del certamen, que tuvo lugar en las localidades alemanas de Garmisch y Partenkirchen –hoy unidas–, al pie de los Alpes Bávaros. La incipiente actividad en deportes invernales que se había iniciado de forma rudimentaria y artesanal en la década de los años 20, focalizada en el Pirineo catalán, la Sierra de Guadarrama y Sierra Nevada, había logrado generar un grupo de deportistas a los que en los años 30 se les presuponía la capacitación necesaria para competir con dignidad ante representantes de los países europeos con tradición.

Tales motivos condujeron a las autoridades deportivas españolas a plantear, por qué no, la aventura de acudir por primera vez a las “Olimpiadas blancas” en 1936, apuesta que no se materializó hasta el último momento y después de sortear innumerables problemas fundamentalmente de índole económica, por obviar la tensa situación política y social del país, que meses más tarde se enzarzaría en una Guerra Civil devastadora.

Aquel primer equipo olímpico español de invierno estuvo compuesto por 6 deportistas, 4 esquiadores de fondo y 2 esquiadoras alpinas, una de las cuales fue la cordobesa Ernestina Maenza Fernández-Calvo, quien, por suerte del calendario y de la asignación de dorsales, constará para siempre como el primer español de la historia, hombre o mujer, en competir en los Juegos de Invierno, circunstancia que difundimos por primera vez en esta obra. Un grandísimo privilegio que concurre en la persona de Ernestina junto a otro de enorme significación para Andalucía, como es el de ser la primera mujer andaluza en adquirir la condición de olímpica.

Por su relevancia como deportista, por sus experiencias vitales, por la época que disfrutó y sufrió, la biografía de Ernestina Maenza Fernández-Calvo, aquí resumida en esta sinopsis, es digna de una lectura pausada y en perspectiva, como igualmente ha sido laboriosa y compleja su construcción, habiendo tenido como instrumento fundamental en los aspectos más personales el libro La Codorniz de Enrique Herreros, escrito por Enrique Herreros Maenza, único hijo de nuestra protagonista, así como, para el ámbito deportivo, las crónicas de Abc, Alfil y El Mundo Deportivo, cuya larga recopilación e interpretación ha permitido la descripción competitiva de toda una época del deporte invernal en España, disperso y estructurado en pruebas singulares y excéntricas que nada tienen que ver con la realidad actual.

Ernestina Maenza Fernández-Calvo nació el 22 de diciembre de 1909 en Lucena (Córdoba). Hija de Juana Dolores Fernández-Calvo Ortiz-Repiso, su alumbramiento –como el de su hermana mayor, Juanita– se produjo fuera de matrimonio alguno, lo cual en aquella época constituía un hecho escandaloso, además de fuente de cotilleo constante en el pueblo, situación que su madre cercenó emigrando con ambas hijas a Madrid.

De esta forma, la vida de Ernestina se desarrollaría fundamentalmente en la capital del país, transcurriendo su infancia y juventud junto a su madre, hermana y tres hermanastros, pues ya en Madrid doña Lola –como las conocían sus amistades– trajo al mundo a María Victoria, María Dolores y Antonio, cada uno de ellos de distinto padre. Pese a no ser la mayor, Ernestina siempre fue la que ejerció influencia sobre el resto de hermanos, dado su carácter decidido. Según la descripción de su hijo, Ernestina fue “una mujer fascinante por su belleza, de pelo negro, cuerpo duro y gran ambición para medrar, pero –eso sí– de corto bagaje cultural”.

En el verano de 1926, sin haber cumplido los 17 años, nuestra biografiada conoció a un joven de 22 años llamado Enrique García-Herreros Codesio, el cual se enamoró perdidamente de la joven cordobesa. Fruto de aquella relación estival, Ernestina se quedó embarazada, noticia que provocó un profundo cisma en la familia García-Herreros y que condujo a la joven pareja a marcharse a vivir a la Dehesa de la Villa para calmar la situación, especialmente tensa entre la madre de Enrique, Blanca, y Ernestina. En aquel nuevo entorno, el embarazo discurrió entre momentos de gran felicidad en la pareja, que decidió contraer matrimonio antes de que se produjese el nacimiento. Definitivamente, el 9 de julio de 1927 nació Enrique García-Herreros y Maenza.

Llegados a este punto, conviene glosar la figura del esposo de Ernestina, Enrique García-Herreros Codesio, conocido artísticamente como Enrique Herreros. Madrileño nacido en 1903, está considerado un genial polifacético del siglo XX español, pues se expresó con acierto y brillantez en facetas como la de pintor, publicista, cartelista, cineasta, actor, periodista, representante de actores –Sara Montiel, por ejemplo– y humorista de altura. Entre sus trabajos, suelen destacarse los dibujos para la revista satírica La Codorniz, los carteles para las películas La línea general, de Eisenstein, y Cuatro de infantería, de G. W. Pabst, o los diseños publicitarios para General Motors.

A esta prolijidad profesional, Enrique Herreros sumó un profundo amor por la montaña y las actividades sobre la roca y la nieve, y su predilección por los Picos de Europa, donde precisamente falleció en 1977 en un accidente de todoterreno al despeñarse por un barranco cuando se dirigía al refugio de Áliva. Tal afición convertida en pasión surgió precisamente en aquellos primeros momentos del matrimonio García-Herreros Maenza a través de las incursiones que los dos jóvenes efectuaban a la sierra de Madrid los domingos, significando, por tanto, también el inicio de la práctica de actividades de montaña para Ernestina.

Hay que matizar que la relación entre Enrique y Ernestina se degradó muy pronto y que el matrimonio se mantuvo por el compromiso con su hijo. Entre los motivos de tal distancia, cabría indicar la gran diferencia de intereses entre ambos, sobre todo por la cultura, si bien ciertamente el deporte actuó de nexo de unión pues desde el principio la cordobesa mostró un inusitado interés por el esquí compartiendo con su marido largas jornadas –y competiciones– en Navacerrada, que era el foco del montañismo madrileño.

Dos clubes centraban la actividad montañera en Madrid, la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara –fundada en 1913 y que poseía un chalet a 1.824 metros de altitud en Navacerrada– y la Sociedad Deportiva Excursionista. Enrique Herreros se hizo socio de la primera en 1931 y Ernestina se afilió a la segunda, aunque por la adhesión de su esposo podía participar en las pruebas de la SEA Peñalara, si bien terminó incorporándose a esta última antes de 1936. Tanto en una como en otra, la andaluza empezó a descubrir el placer de deslizarse sobre los esquís por la nieve, aprendiendo con los consejos de los escasos técnicos de la época y, sobre todo, de forma autodidacta.

La primera referencia competitiva encontrada que alude a Ernestina data de 1932, cuando en el Campeonato de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, también denominado el Campeonato del Peñalara a secas, Ernestina Maenza –con el nombre de Ernestina Herreros, lo cual será una tónica en todas las competiciones– concluyó en 6.ª posición la prueba “para señoritas” –un recorrido que debió combinar tramos de esquí de fondo y de descenso al estilo alpino– con un tiempo de 27 minutos y 30 segundos, a 3:15 de la vencedora, Margot Moles. Por su parte, en la prueba de parejas mixtas, Ernestina y Enrique fueron cuartos –el triunfo correspondió a Margot Moles y Enrique Pina– y en la carrera de patrullas celebrada a principios de marzo, en el Puerto de la Fuenfría, el trío formado por Ernestina, Enrique y Teodoro Martín terminó en 3.ª posición. A su vez, en el programa de ese año de la Sociedad Deportiva Excursionista, la carrera de patrullas tuvo como vencedores a Ernestina, Enrique y Juan B. Mato.

En este punto, para ilustrar al lector, hemos considerado conveniente efectuar tres apuntes. Primero: la carrera de patrullas, muy popular en la época, se llevaba a cabo por equipos de tres esquiadores, dos hombres y una mujer, que se relevaban para completar tres tramos consecutivos, dos de esquí de fondo en ascenso, que efectuaban los hombres, y uno en descenso hasta la meta, que hacía la mujer. Segundo: Margot Moles era una catalana afincada en Madrid, deportista polifacética que practicaba con similar suerte disciplinas tan dispares como el atletismo, el esquí y el hockey hierba, y que se convertiría en la bestia negra de nuestra biografiada en toda su carrera deportiva, añadiendo que fue ella la otra participante española en los JJOO de 1936. Tercero: las temporadas invernales en aquella época, ante la inexistencia de estaciones al uso y de cañones de nieve, dependían totalmente de las precipitaciones de nieve, adaptándose el calendario casi sobre la marcha a la existencia de dicho meteoro, soliendo constreñirse de finales de enero a finales de marzo.

En 1933, nuestra esquiadora cordobesa, más hecha, firmó mejores resultados. En los distintos campeonatos de la Sociedad Deportiva Excursionista, se impuso en el social femenino y en el campeonato de parejas mixtas –con su marido–, y se aupó a la 2.ª plaza en la carrera de patrullas, de nuevo junto a Enrique y Juan Mato. En los concursos del Peñalara se alzó con la medalla de plata tanto en la carrera femenina –a 1:28 de Moles– como en la prueba de parejas mixtas, siempre con Enrique. Asimismo, participó en una carrera interregional de patrullas organizada en la Sierra de Guadarrama por el Club Alpino Español, clasificándose 4.ª junto al catalán José Beltrand y el granadino José Rubio.

Sin embargo, lo más importante de ese año de 1933 fue su primera “internacionalidad” al viajar y participar con la Sociedad Deportiva Excursionista en el IV Campeonato Franco-Español, el 27 de marzo de 1933 en Candanchú (Huesca). En la prueba femenina, sobre 6 kilómetros, se impuso Margot Moles con un tiempo de 18 minutos y 50 segundos, siendo segunda Ernestina Maenza, superando a otras dos esquiadoras de Madrid, seis de Aragón y cinco de Francia. Cabe reseñar que este evento se instauró en 1930 como consecuencia de la apertura de la estación ferroviaria de Canfranc.

Pasamos así a 1934, año en el que la actividad deportiva se concentró en la Sociedad Peñalara. De nuevo la cordobesa se tuvo que conformar con la medalla de plata en parejas mixtas –junto a Enrique Herreros y por detrás de Moles y Manuel Pina– y en el Campeonato del Peñalara de Esquí para Señoritas, celebrado en abril y siendo la prueba un descenso. Una vez más, Moles, con 1:06, se impuso con claridad a Ernestina (2:07).

No obstante, las tornas cambiaron al año siguiente (1935) y Maenza logró por primera vez derrotar a Moles en el Campeonato del Peñalara para Damas, un descenso en el que la andaluza empleó un tiempo de 12:05 por los 12:50 de la catalana. Para redondear el año, en parejas mixtas, Ernestina y Enrique batieron también por fin a Moles y Manuel Pina, logro colectivo que revalidaron en abril de 1936.

En este punto, hay que señalar que al fallecimiento de Ernestina su epitafio recogió que había sido campeona de España en 1935 y 1940, dato el primero que dista de la realidad por cuanto hasta los III Campeonatos de España federativos, celebrados en 1936 en Navacerrada, no se puso en juego el título nacional femenino –la edición de 1935, en La Molina, solo tuvo campeones masculinos. Por tanto, entendemos que tal error debe venir derivado de considerar el título de campeona del Peñalara de 1935 como título nacional.

En dicho estreno de las mujeres en los Nacionales y disputándose el título sobre la prueba combinada clásica de la época (descenso más eslalon), Margot Moles se hizo con la medalla de oro, siendo segunda Ernestina. Pero esto sucedió en marzo. Antes, la cordobesa había vivido el momento cumbre en su trayectoria deportiva con la participación en los Juegos Olímpicos de 1936.

Tras los excelentes resultados de la campaña de 1935 –recordemos, dos medallas de oro–, Ernestina Maenza había sido incluida en el equipo español seleccionado para competir en Garmisch. Selección que el Comité Olímpico Español había publicado el 21 de noviembre de 1935, a 74 días de los Juegos, aunque sin haber podido reunir todavía los fondos necesarios para el desplazamiento del equipo. En la fecha límite del 12 de diciembre, el COE formalizó ante los organizadores alemanes la siguiente inscripción: en la prueba de 18 kilómetros fondo, el catalán Oriol Canals, el asturiano Jesús Suárez y los castellanos Tomás Velasco y Enrique Millán; en descenso y slalom, las alpinas Margot Moles, campeona de Castilla de descenso y slalom en 1935, y Ernestina Herreros.

Sin embargo, en las Navidades de 1935 la cuestión de la obtención de los fondos para el viaje aún no se había resuelto, circulando el sí y el no en cuanto a la participación en los círculos deportivos del país. Finalmente, con el año nuevo la situación se solventó in extremis y la prometida subvención gubernamental llegó, aunque solo para cubrir los gastos de los seis deportistas –el jefe de equipo y los federativos abonaron los gastos de su bolsillo­. Por fin la expedición recibía la esperada confirmación: España viajaría a Alemania.

Ciertamente, el nivel del esquí español distaba mucho del adecuado para poder competir con garantías en una cita olímpica, pero la ilusión pesaba más que una realidad que, por otro lado, ya intuían los propios deportistas, pese a no haber tenido apenas experiencia competitiva fuera de las fronteras nacionales. Así, en una entrevista efectuada a las dos esquiadoras españolas y publicada en la edición del 30 de enero de 1936 del Mundo Deportivo bajo el título “Las señoras de Herreros y Moles de Pina pasan para la Olimpiada Blanca” y el antetítulo “Una bella embajada a Garmisch”, la propia Ernestina hablaba de que habían tenido una semana de preparación conjunta en la sierra (de Guadarrama) y de la gran diferencia de preparación con las alemanas, inglesas, austríacas, noruegas, italianas y francesas: “Nosotros somos unas pobrecitas turistas que cada ocho días subimos los esquís a tomar el aire de la sierra”, manifestaba.

El viaje del equipo español se efectuó sin complicaciones, aunque con los tiempos propios de la época –expreso de Madrid a Barcelona, a la mañana siguiente avión hasta Stuttgart y de allí hasta Garmisch en autocar–, mientras que el alojamiento se llevó a cabo en una pensión de la misma localidad bávara, instalándose una semana antes de la inauguración.

Como ha quedado indicado, las primeras en competir fueron las mujeres, en la prueba única de combinada alpina, que constaba de un descenso programado para el 7 de febrero y un eslalon a dos mangas al día siguiente. El descenso, trazado sobre la pista Kreuzeck, tenía 3.300 metros de longitud y 820 metros de desnivel, unas condiciones durísimas, propias de cualquier prueba actual de Copa del Mundo y que para las españolas, acostumbradas a las bondades de Navacerrada, resultó un infierno, sobre todo, para la andaluza.

Hubo 40 inscritas, aunque solo salieron 37, y Ernestina (Baenza de Herreros, como la inscribió la organización) terminó en esa 37.ª y última posición, con un tiempo de 18 minutos, 31 segundos y 4 décimas –sumando 26,90 puntos para la general–, alejadísima de la primera clasificada, la noruega de 16 años Laila Schou-Nilsen, que detuvo el cronómetro en 05:04.4. Según los testigos, la esquiadora cordobesa sufrió varias caídas durante el recorrido que le retrasaron sobremanera y le provocaron una luxación de hombro. Esta lesión, el agotamiento y la dificultad técnico-deportiva que entrañaba la pista del eslalon, la Gudiberg, motivaron que, luego de lo evidenciado en el descenso, Ernestina no fuera de la partida en la segunda parte de la combinada, por lo que quedó sin clasificación olímpica. La otra española, Margot Moles, 35.ª en el descenso, con 10:52.4, concluyó la primera manga del eslalon, pero no superó corte de tiempos para la segunda. En ambas bajadas, fue igualmente víctima de varias caídas.

Reproduciendo el teletipo de la agencia Alfil, las declaraciones de la andaluza luego de terminar el descenso fueron las siguientes: “Estoy satisfecha por haber podido llegar a la meta. Lo hice haciendo un gran esfuerzo para que se dieran cuenta de la gran voluntad de la representación española. No quise servir como elemento desmoralizador de mis compañeros”. En el capítulo Recuerdos reproducimos las crónicas de los enviados especiales de Abc y El Mundo Deportivo sobre la actuación de Maenza.

A su regreso a España y tras aquella increíble experiencia olímpica, Ernestina Maenza, después de concluir en abril la temporada invernal obteniendo los podios ya reseñados en los párrafos anteriores, vivió en Madrid, como todos los españoles, los momentos traumáticos del estallido de la Guerra Civil Española el 18 de julio de 1936. Miedo, confusión y dudas que se incrementaron cuando su marido fue denunciado por afinidad a los golpistas y llevado a la comisaría para ser interrogado. Inmediatamente a su puesta en libertad, el matrimonio se refugió con su hijo en la embajada de Perú en Madrid, donde permaneció recluido hasta que una mañana de mayo de 1937 soldados republicanos asaltaron la legación para detener a Enrique García-Herreros, quien terminaría preso en la cárcel de Valencia durante un año.

En tales circunstancias críticas, Ernestina y su hijo Quique, con la ayuda del embajador británico, lograron escapar de Madrid y tras hacer escala en Valencia, Marsella e Irún se instalaron en San Sebastián, ciudad que se había convertido en refugio para los no afines al régimen republicano y donde nuestra biografiada pasó el resto de la contienda junto a su vástago, aguardando una llegada de su esposo que se produjo tras año y medio de separación, luego de haber sido liberado y haber conseguido llegar a Francia por una suerte de felices coincidencias.

Concluida la guerra, Ernestina regresó a Madrid junto a su marido e hijo para seguir con su vida, intentando olvidar los angustiosos tres años que ella y el país habían dejado atrás. En dicho regreso a la normalidad, el esquí volvió a ocupar los deseos y los sueños de la cordobesa, quien tras el período alejada de las pistas por causas obvias afrontó el reto de calzarse de nuevo los esquís para disfrutar, como antaño, de la nieve, el sol y la montaña de su querida Guadarrama.

Convertida en una deportista reconocida y de cierta fama en el nuevo escenario deportivo nacional, el retorno a la competición se materializó en el invierno de 1940, destacando entre sus éxitos, esta vez sí, su primer y único título de campeona de España de alpino –prueba única de la combinada– logrado en Sierra Nevada durante el denominado Campeonato de España de Esquí –agrupó fondo y alpino– que organizó la Federación Española de Montaña y Esquí, con un presupuesto de 1.000 pesetas, dentro de la Semana Deportiva de Sierra Nevada, del 7 al 10 de abril. Cabe destacar que en el recuperado certamen faltó la eterna rival de Ernestina, Margot Moles, represaliada tras la guerra y que ya no volvería a la competición. La andaluza representó a la Región Centro.

Al año siguiente (1941), el Campeonato de España se desplazó a Candanchú (Huesca) y en la prueba femenina se impuso una deportista mítica, la polifacética Lilí Álvarez, quien con un tiempo de un minuto y 28 segundos aventajó en más de un minuto a Ernestina (2:39) y al resto de las 16 competidoras. Esta segunda y última medalla de plata en los Nacionales de esquí consta como la última presea de la andaluza en su trayectoria deportiva, de la que ya no se poseen más referencias competitivas.

En abril de 1941 fue instructora en un cursillo nacional de esquí celebrado en Navacerrada. En el ámbito personal, se sabe que en 1952 se separó definitivamente de Enrique Herreros, una vez que su hijo Quique supo de la distancia existente entre sus padres desde hacía años, y que siguió viviendo en Madrid hasta el fin de sus días. El 25 de julio de 1995, a la edad de 85 años, falleció la primera dama del Olimpismo andaluz.

Biografía cerrada a 31 de marzo de 2018 y extraída del libro 341 Historias de Grandeza, de los autores Pepe Díaz García y Jose Manuel Rodríguez Huertas