El 14 de mayo de 1900, en el marco de los Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París -luego considerados Juegos de la II Olimpiada-, un español compitió por vez primera en una prueba olímpica y aquel español no fue otro que el jerezano Mauricio Álvarez de las Asturias. Por tanto, su debut en florete individual para amateurs significó al unísono el principio de la historia olímpica española y andaluza.

Protagonista oculto del Olimpismo español hasta hace no mucho tiempo, este jerezano sumó de esta forma a su densa nómina de títulos nobiliarios la nobleza que le otorga el hecho de ser el primer español olímpico de la Era Moderna, tras la reorganización que el Comité Olímpico Internacional efectuó en 2004 de las pruebas deportivas celebradas dentro de la Exposición Universal de París 1900.

Nacido en Jerez de la Frontera el 4 de noviembre de 1864 en el seno de una de las familias más relevantes de la época, fue en su juventud todo un sportmen, no en vano practicaba esgrima, caza e hípica, siendo además aficionado a las carreras de galgos y los torneos medievales. En tal contexto, los concursos de París 1900, que englobaron más de 30 modalidades de singular disparidad, captaron el interés de Álvarez, quien fue uno de los 59.000 participantes procedentes de más de 30 países que acudieron a la capital francesa, inscribiéndose en esgrima y acudiendo de forma independiente y aventurera, ya que no había equipo nacional y no existía el Comité Olímpico Español.

El primer envite para el jerezano resultó ser la prueba de florete individual para aficionados, disputada del 14 de mayo al 1 de junio, en el Gran Salón de Fiestas de la Exposición. El concurso comprendió una fase eliminatoria y una fase definitiva, a las que accedían los 16 mejores tiradores por valoración del jurado al término de los asaltos, teniendo en cuenta aspectos como, ¡ojo!, la indumentaria de los contendientes o el número y la calidad de tocados dados y recibidos. Con 54 contendientes en liza, 39 de ellos franceses, al andaluz le correspondió el honor de abrir la competición ante el francés Félix Debas, con resultado de clasificación por decisión de los jueces para el segundo combate, dos días después.

Posteriormente, Mauricio Álvarez, duque de Gor, participó en espada y sable para aficionados, siendo esta última arma en la que más cerca estuvo de los primeros al concluir en una honrosa 15.ª posición, correspondiéndole, curiosidad añadida, una medalla de plata. Aunque las medallas en su concepto actual no existieron en estos Juegos, en esta prueba de sable, en ausencia de premios en metálico –prohibidos para las pruebas amateurs (y olímpicas)– se entregaron medallas de oro vermeil a los 8 primeros, medallas de plata a los 8 siguientes y medallas de bronce al resto de clasificados.

Mauricio Álvarez de las Asturias falleció a los 65 años de edad el 24 de febrero de 1930, en Madrid, sobre las siete de tarde luego de un acontecimiento doblemente funesto. En la madrileña Calle Barquillo atropelló a un viandante, quien, tras ser trasladado por el propio duque en su vehículo a la casa de socorro del distrito del Hospicio, falleció a los diez minutos del ingreso. Relatan las crónicas de sucesos de aquel día que el duque, indispuesto tras el accidente, quedó tan impresionado al conocer la muerte del peatón que vio agravada su situación física y, a los pocos minutos, murió víctima de una hemorragia cerebral.

Datos extraídos de la publicación 341 Historias de Grandeza, de Pepe Díaz y José Manuel Rodríguez, descargable íntegramente en esta web, y 1900. La primera aventura olímpica española, de Fernando Arrechea.